De “La hija del caníbal”, de Rosa Montero. 2do robo
“Con los años, los humanos nos solemos ir achicando por dentro. De las mil posibilidades de ser que tenemos todos, a menudo acabamos imponiendo sólo una: y las demás se petrifican, se marchitan. Los escritores-profetas del sentimiento ñoño le llaman a eso madurar, aclararse las ideas y asumir la edad, pero a mí me parece que es como pudrirse. Ahí están luego esos muertos vivientes: les conozco. Hombres y mujeres cuarentones, tal vez bien situados, incluso triunfantes en su profesión, que de cuando en cuando suspiran y te dicen <A mí antes me gustaba tanto hacer deporte…> (ahora la sedentariedad les ha convertido en gordos infames), <de joven me encantaba escribir> (ahora no sólo no escriben ni una sola sílaba, sino que además el único libro que han leído en los últimos cinco años es el manual de instrucciones del video), o bien <no te lo creerás, pero yo antes vivía al día, disfrutaba haciendo cosas imprevistas y me pasé un año recorriendo Europa a dedo> (y, en efecto, resulta difícil de creer porque, porque ahora el tipo en cuestión es tan vital como una acelga y tan móvil como un champiñón, y ni siquiera se atreve a comprar el periódico en el quiosco sin haberlo reservado antes por teléfono). Todos ellos acarrean en su interior una colección de momias, todos tienen por almario una necrópolis”.
