Etnografía en casa. 2da parte: mi cuadra
El vivir en un edificio, hace de mi calle un asunto muy interesante, pues hay muchas más personas viviendo en una misma cuadra, en una superficie multiplicada verticalmente. Más personas que se traducen en más desconocidos compartiendo paredes.
En mi calle hay una plaza, una cancha, la entrada de varios edificios, unos locales comerciales, una caseta de Polimaracaibo, el Centro Integral de Cultura y la oficina del Consejo Comunal.
Cada mañana me encuentro con un grupo de señoras que caminan en plaza, les doy los buenos días y seguro ellas se preguntarán quién soy o en qué trabajo, como yo me pregunto cómo han sido sus vidas. Me fijo mucho en sus estados de ánimo cambiantes durante la semana, también me detengo a ver a los perritos que las acompañan a ver que tanto se parecen a ellas.
Moviéndose por la cuadra está el anónimo señor que limpia, siempre nos saludamos muy cariñosamente, aunque no hemos intercambiado más que las palabras del saludo típico, puedo apostar que es un buen hombre, responsable, trabajador y probablemente un buen padre.
Regularmente hay grupos de jóvenes en la cancha, por lo general hacen comentarios a cualquier persona que pase, yo intento no reírme pero muchas veces lo hago. Veo su algarabía y su desorden y no puedo sino pensar en cómo era yo en esa edad y si alguna mujer me miraba en aquel entonces examinándome como yo hago con ellos.
A veces están en los jardines los señores “salserines”, en su mayoría wayuu, les doy los buenos días aunque algunos no me devuelven el saludo, no por mal educados ni groseros, sino por una especie de barrera que ellos construyen a su alrededor. Esto ocurre también con algunas de las señoras que caminan, pero a ellas no intento justificarlas, las condeno de una vez. Descubro entonces mi terrible prejuicio, que viene siendo algo así como racismo a la inversa, porque… ¿será acaso que sigo sintiendo que ellos son los “pobrecitos salvajes” a los que hay que comprender? Ese pensamiento me intranquiliza a veces, pero no sé si es sensatez o dramatismo.
En su caseta están los policías, por lo general dos. Dependiendo de cómo me miren los saludo, esto suelo hacerlo con cualquier hombre en la calle, me resultan más desagradables ciertas miradas desnudantes que algunos comentarios explícitos.
Más o menos a mi ritmo, van algunos otros muchachos y muchachas, con cara de universitarios, morrales al hombro. Madres y padres con niños pequeños, adormilados unos y otros gritones, arrastrando sus loncheras. Van también personas uniformadas, normalmente con aspectos parecidos, impecables, algunas entaconadas me dan lástima de sólo pensarlas regresando a las 6 de la tarde.
Avanzo hasta llegar a la parada de los autobuses y allí cada uno de los caminantes, vecinos anónimos, devela parte del misterio que nos envuelve: unos cruzan la calle, otros toman el mismo bus, otros toman taxi, a algunos los pasan buscando. Convivimos alejados y hacemos del desconocimiento del otro un cotidiano adivinar de sus motivos y destinos.
En la tarde, a mi regreso, todo sigue más o menos igual, sólo que camino con otros desconocidos en dirección contraria, venimos cansados, maquillajes corridos, a paso lento, y las señoras que caminan son otras.
