Chusma Atencio (y colaboradores)
Vengo de una casta de mujeres fuertes, dominantes, agresivas y locas. Parece que con cada generación se diluye esta intención genética de desquiciar al resto del mundo. De esta cadena, la más antigua historia que conozco es la de Josefa Bracho, mi bisabuela, quien con 100 años cumplidos, todavía vive y todavía jode. Hierba mala nunca muere, y si muere, les hala los pies al marido, a los hijos, a los nietos, a los bisnietos y hasta a los tataranietos, eternamente. Este es un fragmento de la historia de esta matrona, cuyas locuras siguen siendo transmitidas sin falta, de generación en generación, a todas las mujeres de mi familia. Y sí, yo vengo siendo la estafa a la herencia.
Capítulo Uno
La mujer del comisario El preview…
Corre la década del 60 y mi bisabuelo, Emiro Pérez, se ha convertido en un hombre importante en Potreritos, pueblo feúcho pero querido, del municipio La Cañada de Urdaneta, vecino de Maracaibo. No es un hombre de grandes tierras ni riquezas, pero a la vista de todos tiene algo que le consolida una moral intachable: una familia grande, fuerte y correcta. Su mujer, Josefa, es una dama muy disciplinada, educada y religiosa, toda una gran señora.
Segundo Portillo, comisario del pueblo, sufre un ataque al corazón que lo mata inmediatamente. La junta municipal, de la que Emiro es partícipe como vocero, no duda en que sea él, el más indicado para asumir este cargo, y él de buena fe, acepta, quizás como una forma de asegurarse cierto poder, que en casa había perdido hacía ya tiempo.
Hasta este momento, Josefa es conocida como una mujer fuerte de carácter, pero su fama de desquiciada no ha trascendido todavía el portón de la casa Pérez Bracho.
